CANCIONES QUE YA TENÍAN UN LUGAR
Cuando el repertorio también cuenta una historia propia
En mi caso hubo cuatro canciones, repartidas por el cuerpo central del concierto, que cambiaron mi manera de escuchar la noche: “Finisterre”, “Puñalada Trapera”, “23 de junio” y “La Virgen de La Humanidad”.
No llegaron juntas ni producen la misma emoción. Lo que comparten es algo más difícil de explicar: ya existían fuera de aquella noche. Las había escuchado antes, las había relacionado con otros momentos y llevaban consigo una memoria que no empezó en el Roig Arena.
Al oírlas en directo, rodeada por miles de personas que también parecían guardar una historia distinta dentro de las mismas palabras, dejé de pensar durante unos minutos en la fotografía. Hay canciones que permiten observar un concierto y otras que obligan a vivirlo desde dentro. Estas cuatro hicieron lo segundo.
LA LIBERTAD TAMBIÉN SUBIÓ AL ESCENARIO
Cuando hablar se convirtió en parte del concierto
Pucho detuvo el ritmo de la actuación para hablar de la libertad que ofrece un escenario y de la responsabilidad de utilizarla para nombrar asuntos importantes. Recordó a Maricarmen Abascal, la mujer de 87 años que había sido desahuciada en Madrid de la casa donde vivía desde los 17, y habló también de Palestina.
La voz se le quebró. Lloró sin esconderse y necesitó tiempo antes de continuar. Durante esos minutos nadie parecía pedir que el concierto avanzara más rápido. El silencio, los aplausos y los gritos que llegaban desde el público también formaron parte de aquel momento.
La intervención terminó con un “Palestina libre”. No se sintió como un discurso añadido desde fuera, sino como una extensión de canciones que llevan años hablando del miedo, la fragilidad, la pérdida, la comunidad y la necesidad de permanecer juntos.